Antibióticos.
 

ANTIBIÓTICOS


El tratamiento antimicrobiano es uno de los pilares fundamentales para combatir las enfermedades infecciosas, su introducción constituyó uno de los avances más revolucionarios de la medicina en los últimos 50 años. Pero el conocimiento de las propiedades terapéuticas de la aplicación tópica de muestras de tierra, o la eficacia de diversas plantas utilizadas por la medicina popular ya se remontaba muchos años atrás; sin embargo, el pleno desarrollo de la era antibiótica se alcanzó con el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming y su aplicación en clínica por Florey y Chain.


Desde el punto de vista conceptual, los antimicrobianos son sustancias químicas producidas por microorganismos o sintetizadas químicamente, que a bajas concentraciones son capaces de inhibir, e incluso destruir microorganismos sin producir efectos tóxicos en el huésped.


La elección de un determinado antibiótico está condicionada por una serie de factores entre los que destacan: el conocimiento de la sensibilidad del microorganismo infectante, las propiedades farmacológicas y factores relacionados con el paciente (patología de base, inmunidad, edad,...).


Con la introducción de los antibióticos en la práctica clínica comenzaron a aparecer también las resistencias, de tal manera que el desarrollo de nuevos y más potentes antimicrobianos ha venido seguido de forma casi sistemática de la aparición de cepas resistentes entre las bacterias a los que dichos antibióticos iban destinadas.


La población de microorganismos que normalmente coloniza la piel y membranas mucosas de las personas adultas sanas se denomina flora normal. Esta población es sumamente dinámica, produciéndose de forma constante numerosos cambios tanto cualitativos como cuantitativos, contribuyendo a ellos de forma decisiva el uso indiscriminado e inadecuado de antibióticos, seleccionando así, bacterias multirresistentes que, ante determinadas situaciones, pueden llegar a producir infecciones o brotes epidémicos de difícil control y tratamiento, especialmente dentro del ámbito hospitalario, donde la presión antibiótica es mayor.

 

Un uso juicioso de los antimicrobianos, procurando emplearlos sólo en aquellas situaciones en las que estén indicados (por ejemplo, no utilizarlos en casos de infecciones por virus) y no abusando de antibióticos muy potentes cuando se trate de infecciones en las que otros de menor espectro sean  igualmente útiles disminuiría de forma importante la enorme presión ecológica que actualmente existe, evitando así el regreso a situaciones similares a la denominada “era preantibiótica”, por la progresiva falta de efectividad de los antibióticos de que disponemos actualmente.